Reseña: El Gran Inquisidor - Excéntrica Producciones
El Gran Inquisidor, de Excéntrica Producciones, con Gregor Acuña y dirección de Juan Carlos Malpeli, es una soberbia adaptación del cuento de Dostoievski que durante poco más de una hora nos enfrenta a nuestras conciencias. La obra nos recuerda que todos somos esclavos, pero que también hay rebeldes que no quieren formar parte del rebaño inútil que se conforma con milagros que no existen. Especialmente a esos va dirigida la obra: a quienes creen que la libertad de pensamiento no debe ser encerrada, torturada o crucificada en nombre de un bien común. La escena se desarrolla en Sevilla, en el castillo de la Inquisición, tal como Dostoievski la imaginó. La antigua muralla restaurada de la sala La Fundición no puede servir mejor de fondo, de escenario, junto con un altar cubierto de tela adamascada en color oro que sirve de mesa al Gran Inquisidor. Una mesa-altar que refleja la opulencia de la Iglesia y su alejamiento de los preceptos de humildad, de pobreza. Un pomposo sillón, un reclinatorio que puede convertirse en mazmorra, velas que tiemblan como las ideas, un crucifijo pequeño que cuelga del aire, leve. Esa es la puesta en escena de la que se sirve Gregor Acuña para apropiarse del personaje y darle forma.
Oportuna en los tiempos que corren, El Gran Inquisidor es una obra que siempre será actual, pues cuenta desde la reflexión y la hondura que la pesada maquinaria del poder (de la Iglesia, de la Política, etc.) siempre está en marcha arrollando con engaños a muchos (los humanos de débil condición, los serviles), y enfrentándose a los menos (los rebeldes, los espíritus verdaderamente libres) para poder perpetuarse, caiga quien caiga. Cada cual que elija a que grupo pertenece. |
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