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Eugenia Esteban

Rostros que emergen de las sombras de la memoria son los que lleva a sus cuadros esta artista argentina afincada en la provincia de Málaga. La búsqueda de la propia identidad bien puede hacerse a través del arte. Eugenia Esteban se desnuda en su obra y lo demuestra.


Por:  T. de la Rosa
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Artista plástica
Nació: en 1973
Ubicación: San Luis de Sabinillas, Manilva (Málaga)
Destaca por: la honestidad que reflejan sus cuadros y su trazo certero

La Guerra Civil estalló en España cuando los padres de Eugenia Esteban acababan de nacer. Los que ahora son sus abuelos tomaron la decisión, cada uno por su lado, de huir a Argentina. Así, los dos bebés crecieron en Buenos Aires, se conocieron y se casaron. De la unión nació Eugenia, esta pintora argentina de sangre española que en 2000, sintiéndose acorralada en un país sumido en plena crisis económica, decidió volver a ‘casa’. Pisaba España por primera vez a pesar de conocerla de memoria gracias a los cuentos de sus abuelos: “vivía España como si fuera algo propio”, confiesa ella.

Cuenta que buscaba un futuro mejor, que cuando llegó a España supo lo que sentían sus abuelos al ser emigrantes. El peso de la historia en sus raíces ha hecho que gran parte de su obra se cierna, como una sombra, sobre cada uno de sus lienzos. Su gran serie, titulada Autorretrato del vacío, es una mirada a su propio pasado. “Los cuadros están elaborados a partir de fotografías sacadas por mi padre o parientes muy cercanos”, revela Esteban, “me he atrevido a desnudarme, ya tengo edad para soportar la crítica”. Esta colección ocupa 16 metros de largo por 25 de ancho. Son obras individuales que su autora coloca una al lado de la otra como si fueran los fotogramas de una película, sin espacio entre ellas. La película de su vida.

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En su obra se desvela la infancia de la artista. Cuadros en los que se leen sonrisas, abrazos, muecas a la cámara convertida después en pincel. La serenidad y la alegría se reparten la baraja. En Jimena y el lobo, Esteban refleja la lucha entre la astucia del lobo y la inocencia de Jimena, su hermana, esperando que “por una vez sea la inocencia la que gane la batalla”. Sólo en ocasiones la artista evoca ciertos temores, quizá ocultos, en forma de orugas y de arañas que cuelgan en el aire. Preguntarle sobre ello, en cambio, no desvela nada más que una infancia rodeada de dibujos, algunos imitando a su padre, dibujante publicitario, y otros al vecino de su barrio en Buenos Aires: el pintor Tomás Di Taranto, que según la artista, “tenía cuadros colgados incluso en el techo”. Se licenció en Bellas Artes (su homólogo en Argentina) y ejerció de profesora de dibujo durante 10 años, “la única manera de encajar el arte con un medio de vida que me permitiera comer. Si los grandes artistas han tenido una vida llena de miseria, quién soy yo para pretender vivir de ello”.

“Me he dado cuenta de que hago arte para no vender”, confiesa la artista, “he intentado hacer lo que está de moda y no me sale, me siento perdida. Si hacer lo que hago me hace feliz, lo hago y soy libre”. Dice que Amores cerdos -un cuadro en el que aparecen tres cerdos montándose los unos a los otros- es difícil de colgar en una pared, pero su significado va más allá, ya que forma parte de una serie que está realizando acerca de cómo el ser humano puede llegar a amar como un animal. Define al arte como una búsqueda constante de su propia identidad, una búsqueda angustiosa porque “es no saber qué se está buscando. Uno no puede, como decía Picasso, anunciar que ha terminado un cuadro. Hay que seguir y seguir”. Aún así, admite que el arte es la libertad absoluta: “te permite ser tantas cosas”, exclama.

De Buenos Aires a Manilva tras pasar por Benalmádena y Casares, donde dice haber cumplido su sueño de ser Heidi por un tiempo y vivir en la montaña entre animales. El panorama artístico andaluz no le asusta: “puedes pensar positivamente y decir que es mejor que esté todo por hacer o negativamente y tomar la decisión de irte porque no hay nada. Yo prefiero la primera opción”, comenta Eugenia Esteban. Mientras se quede en Andalucía tendremos la oportunidad de ser testigos de cómo el arte sirve para no olvidar nuestra historia, desde la historia del mundo del que formamos parte hasta la más íntima y personal; la opción de perder, como ya ha hecho esta enérgica artista, el miedo a mostrarnos tal y como somos, desde que sólo éramos una idea entre dos personas unidas por el destino.

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