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Reseña: Blancanieves

¿Quieren ver una versión exquisita de un cuento norteño mil veces contado? ¿Quieren verlo diferente: adaptado al Sur, al calor, a los paisajes y personajes más nuestros? ¿Quieren que el cuento se respete pero se retuerza a la vez, que se destile con fantasía nacional? Pues, no hay duda: vayan a ver Blancanieves de Pablo Berger, una obra preciosista que demuestra el buen momento del cine español. Eso sí, el príncipe lo pones tú.


Por:  Leonardo Sardiña
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Dirigido por: Pablo Berger
Producido por: Pablo Berger, Ibon Cormenzana y Jérôme Vidal
Año: 2012
¿Sabías que? es la adaptación muda y a la española del cuento de los Hermanos Grimm y ha ganado diez premios Goya

Se abre el telón y se ve una panorámica de Sevilla desde lo alto de una colina, en blanco y negro, la ciudad un poco desdibujada por la lejanía. Y de ahí, directamente, entramos en la plaza de toros y en el reino del ‘matador’. La banda sonora estalla con los clarines. La batalla comienza con la lidia de la bestia, pero la tragedia se desencadena en el momento culmen de la faena. El torero cae herido de muerte. La dama acelera su parto y fallece al dar a luz… a una niña que se convertirá en Blancanieves: la Blancanieves más andaluza que pudiera crearse en una fantástica traslación del cuento tradicional de los hermanos Grimm.

La apuesta de Berger no es sólo atrevida, sino que es inteligente y sale más que bien parada del empeño. Su recreación convierte la leyenda centroeuropea en un ‘cuento gótico castizo’, con una puesta en escena brillante que utiliza ese andalucismo tópico de toreros y tonadilleras para demostrar que los mitos viven en cualquier época o lugar. En ese mundo el rey es ‘el matador’, la reina ‘la cantante’, la madrastra una advenediza enfermera, el castillo un inmenso cortijo, los bosques húmedos de Centroeuropa son dehesas de encinares, los enanitos no trabajan en la mina sino en un espectáculo pseudo circense de enanos toreros… Unos enanitos que encuentran a la joven malherida y la recogen y le dicen sin ambages que la llamarán “Blancanieves, como en el cuento”.

Blancanieves

Lo emocionante de la película no es, sin embargo, que todo encaje en la nueva versión. Lo que te adhiere a la butaca de la sala es la incandescente interpretación de unos actores -que sin hablar, pues de cine mudo estamos tratando- conquistan tu pupila desde el minuto cero. Componen sus personajes con rotundidad, con Maribel Verdú a la cabeza. Ella, quizá por tener el papel más envidiado, el de la madrastra, sea el rol más lucido, pero lo es porque nunca estuvo más bella, ni más malvada, ni más adecuada (y eso que su currículum incluye varias interpretaciones memorables) a un papel que le viene como anillo al dedo. Sus ojos inmensos y oscuros se enfrentan a otros ojos grandes y acuosos, los de la actual Blancanieves, que ahora se llama Carmen y es encarnada por una joven Macarena García también en estado de gracia. Esas dos miradas, la del bien frente al mal, inundan la pantalla que se convierte en nuevo espejo que sustituye al del cuento de hadas.

También destacan las soberbias composiciones de Daniel Giménez Cacho, como el (rey) torero Antonio Villalta, o Ángela Molina, como la abuela Doña Concha. Pero son la plasticidad que destila la película, la perfecta composición de planos rememorando el énfasis del montaje de los comienzos del cine, el tono ácido y de humor negro -pero también de ternura- con que está plasmada la trama, y la sabia banda sonora perfectamente adecuada, los elementos que te deslizan por una historia que, aunque sabida desde niño, se ha enriquecido por el talento de sus nuevos creadores. En especial el talento del director, Pablo Berger, que ya en su primera película Torremolinos 73 demostró su ingenio en ‘deconstruir’ mitologías nacionales de asentamiento andaluz.

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La manzana sigue siendo simbólica, ahora más que nunca, lanzada como premio y mordida en la arena del ruedo, algo que arrancará sonrisas incrédulas a los puristas de la ‘fiesta’. No importa: ya estamos dentro del nuevo cuento y nos lo creemos porque desde el principio no hay trampa ni cartón. Se abrió el telón y comenzó la nueva Blancanieves. Un cuento gótico andaluz. Y si los franceses -fieles a su tradición de comediantes- han recuperado el estupendo sabor de la época dorada del cine mudo con The Artist, tenemos ya la Blancanieves española como reflejo de nuestras clásicas tragicomedias. Pasen y vean, por favor.

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4 comentarios

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El 11 Octubre 2012 a las 22:16, Pepa dijo...

Leo, qué bien escribes, que bien expresas lo que he sentido al ver esa peli, eres mi crítico de cine, de literatura, de política preferido. Ole Leo



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