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Reseña: También la lluvia

Lluvia de miradas. La película de Icíar Bollaín También la lluvia empapa al espectador con un chaparrón de miradas mágicas, comprometidas, honestas, necesarias. La directora bebe de fuentes clásicas, pero se alinea al realismo contemporáneo que Ken Loach imprime a su cine, y del que Bollaín es bien conocedora, para ofrecernos su particular visión de la sempiterna lucha de oprimidos contra opresores.

Por: Tertulia Andaluza

Dirigida por: Icíar Bollaín
Intérpretes: Gael García Bernal, Luis Tosar & Karra Elejalde
Año: 2010
Nacionalidad: española
¿Sabías que? 13 nominaciones a los premios Goya en 2011

La primera mirada es la del compromiso histórico: la trama parte de las peripecias de un grupo de cineastas que va a rodar una película a América Latina que devuelva la importancia histórica a las figuras de Bartolomé de las Casas y Antonio Montesinos, los primeros curas que denunciaron los abusos de los conquistadores y defendieron los derechos de los indios, como verdaderos antecedentes de los miembros de la “teología de la liberación” siglos después. Esa mirada trata de devolvernos una parte de la historia que hemos olvidado, pues -como suele suceder- ha prevalecido la versión de los vencedores, de los poderosos. Y los habitantes de aquellas tierras fueron conquistados y desarraigados, hasta hoy, convertidos en siervos. Hay mucha carga de ironía en las escenas, y realidad y ficción se superponen de forma intensa en el arranque, donde se nos muestra cual va a ser el camino narrativo: el cine dentro del cine.

Pero esa trama (historicista) se yuxtapone a la realidad: con la mirada indígena, la mirada de América, la mirada de los perdedores, la mirada que se olvidó. Y es tal la intensidad y la profundidad que sostienen los rostros pétreos de los indígenas, que sus ojos te engullen cada vez que la cámara los atrapa y anclan la película en el terreno que quiere la directora: la denuncia social, el verdadero mensaje. “Sobrevivir, es lo mejor que sabemos hacer”, le contesta el protagonista boliviano que encarna a Hatuey, el primer lider indio que fue quemado vivo en una cruz como ejemplo para los que se opusieran a los cristianos, al productor de la película casi al final, cuando todo ha acabado y éste le pregunta “y ahora qué vas a hacer”. Todo vuelve a empezar, como hace 500 años, en una rueda sin fin.

Presente y pasado son dos miradas que se cruzan. Así, la colonización del pasado siglo XVI (la explotación por el oro) se mezcla con la explotación actual (la resistencia contra la privatización del agua en Cochabamba en el año 2000). Indígenas salvajes (puros) contra Imperio Español Cristiano, indígenas (pobres) contra el imperialismo de las multinacionales. Ni Fray Bartolomé pudo hacer mucho por salvar la situación entonces, ni su reencarnación en un cómico puede hacer mucho ahora.

El film discurre por una trama un tanto previsible en la que vemos cómo evolucionan los personajes exactamente hacia el lado opuesto de lo que se nos muestra al principio de la película. Por ejemplo, Bartolomé de las Casas es valiente, pero su intérprete va demostrando que el miedo supera sus principios cuando la lucha se convierte en algo real. O, el magnífico Karra Eljalde que pone su piel a un Cristóbal Colón ambicioso que contrasta con el generoso y borrachín actor que lo interpreta, y al que vamos descubriendo cuando las cosas se ponen difíciles. Aunque, en mi opinión, no siempre está conseguido, sobre todo en el caso del personaje principal, Costa, el productor, a pesar de la gran interpretación de Luis Tosar, pues su salto de ejecutivo duro a ciudadano solidario es demasiado brusco.

En medio de todos fluctúa el personaje del director de la película en la ficción, interpretado por Gael García Bernal, que representa a la mayoría de nosotros: a los que dudan, a los que quieren avanzar pero no quieren pasar como una apisonadora sobre las cabezas de los otros, a los que quieren disfrutar con su vida pero tienen que renunciar y dejar maletas llenas por el camino, a los que tienen conciencia, de la que duele, a los que a veces hacen las cosas bien y a veces no tan bien. Sus ojos acuosos son nuestros ojos, y nos devuelven la mirada hacia el narrador-testigo.

La película tiene algunos costurones en el guión y en la puesta en escena que se notan demasiado (rechina demasiado que Costa y Sebastián -el productor y el director- se digan la misma frase con varias escenas de separación; que tras una paliza brutal el indio Daniel aparezca impecablemente maquillado de indio Hatuey para la inmolación en la cruz sin que se le note en la cara; o que la casa del pobrísimo Daniel parezca que está en un barrio de clase media y no en los suburbios arrasados de los que procede). Pero la producción es notable, la interpretación general bastante potente y acertada con esa mezcla de nacionalidades y acentos hispanos, y las emociones que despierta la historia convincentes. Por eso hay que verla, hay que sentir la lluvia de miradas, y salir empapados del cine. La realidad fuera es parecida y quizás nos ayude a sobrevivir, lo que siempre hemos hecho mejor. O a tener conciencia.


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