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Dogbowl

Comenzaron siendo Raska y Pika, pero el tiempo vino a buscarles. Ahora ya se han hecho mayores y la música es una de las cosas que les lleva a aquellas tardes en el barrio, a los ensayos improvisados, al simple placer de la música. Son cuatro, son malagueños y se llaman Dogbowl. Punk rock del de antes.


Por:  T. de la Rosa
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Banda de punk rock malagueña
Nació: en 1996
Ubicación: Málaga
Destaca por: la humidad y energía que transmite su música
¿Sabías que? antes se llamaban Raska y Pika

Mamerto Gamboa (guitarra, coros), Dani Cerezo (batería), Paco Arroyo (bajo, voz) y Víctor Peña (voz, guitarra) son Dogbowl, una banda de punk rock que desde 1996 ha sido fiel testigo y prueba de la efervescente realidad musical malagueña. Su historia viene marcada por más de 14 años de canciones, un ir y venir de miembros y siete maquetas. Sí, maquetas: “Para nosotros es un hobbie, lo hacemos porque queremos y no nos metemos presión en ese sentido”, explica Gamboa, “mientras demos conciertos de vez en cuando para soltar adrenalina nos conformamos”.

Un afición que perdura en el tiempo y que comenzó llamándose Raska y Pika, “un nombre ‘chorra’ con el que la gente se quedase”. Bajo esa denominación, la banda se llevó el tercer premio en una de las ediciones de la ya desaparecida Muestra Eduardo Ocón, que lamentan se haya perdido. Y llegaron los cambios. Algunos se marchaban, como Álex o Fran, y nuevos miembros los sustituían. Su música evolucionaba y se iban haciendo mayores con ella, por lo que el nombre de los dibujos animados desapareció: “lo que te sale al componer va un poco contigo, con tu experiencia, con tu edad”, comenta Paco Arroyo, bajo y voz de la banda, y Gamboa añade: “antes mezclábamos punk, rock, ska, pop, regaae… daba igual. Ahora nos centramos en el punk rock y más en el rock, en ritmos más lentos”. Ya no eran los mismos. A partir de 2004, se convirtieron en Dogbowl.

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Su nombre actual es un tributo a los surferos que cuando no podían lanzarse a por las olas, patinaban en las piscinas vacías de California. Como el carácter de aquéllos, su canciones son enérgicas, impulsivas, en las que los fraseos de las guitarras arañan a quien las escucha y se sublevan al resto de elementos. No en vano, las letras son lo último que Gamboa escribe y el puesto del cantante siempre es un quebradero de cabeza. “Disfrutamos más tocando que cantando”, puntualiza Arroyo, “si encontráramos a un cantante vocacional que quisiera unirse a nosotros seríamos felices”.

Los Ramones, Lagwagon, Nofx, Milencollin, No use for a name, Pennywise, The Clash… siempre han estado en su punto de mira, aunque admiten haber perdido el espíritu fanático de su juventud. Sus notas han estado presentes en mayor o menor medida desde Mushroom Attack (1997), su primera ‘demo’, hasta Split autoproducida en 2007: “todo el mundo tiene la tecnología necesaria para hacerlo”, ilustra Gamboa, “grabamos los discos, los editamos y los llevamos a un estudio profesional para darle el último repaso. Inviertes el tiempo que necesitas y sale más barato”. En cuanto a la distribución, el trabajo lo hacen plataformas como MySpace o Last FM, “es lo mejor para la gente a la que le gusta escuchar cosas diferentes”.

Pocas son las bandas en España que siguen la senda del punk rock. Según Arroyo, “los sellos que editan esta música en España son muy, muy, muy pocos. Es un estilo que tuvo un auge en los noventa y que a partir de 2003 empezó a decaer. Realmente es muy ‘underground’”. Underground o no, lo que más le preocupa a la banda no es conseguir una discográfica o vender discos, sino que cada vez existan menos salas para la música en vivo. En el caso de Málaga, “los jóvenes lo tienen difícil para conseguir ver música en directo. Todas están a las afueras, antes por lo menos estaban los centro cívicos, había más posibilidades. Ni siquiera los bares del centro tienen permiso ahora para organizar conciertos”. Una queja que es reflejo de una necesidad no sólo de los grupos de música que ven coartadas sus ganas de tocar para el público, sino de ese público que ansia disfrutar de la música desde debajo de la tarima.

En un paisaje musical plagado de egos y de hiedra trepadora, encontrarse con una banda que toque por placer, que se conforme con ofrecer algunos conciertos al año, que no se obsesione por entrar en un mercado discográfico en decadencia, es toda una sorpresa. Una sorpresa de aire retro que ayuda a que un género perdure en el panorama nacional y a que algunos volvamos a creer en la música como cultura.

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