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El Espejo Negro

“De esta cabeza salen cosas para adultos muy adultas”, cuenta Ángel Calvente, director de esta compañía teatral que ha llevado a las marionetas a espectáculos no autorizados para menores de 18 años. Aún así, el Premio Max le llegó por una obra infantil que ha recorrido toda España. La mordacidad de un malagueño con toda una tropa de títeres de gomaespuma.


Por:  T. de la Rosa
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Compañía de teatro de marionetas para adultos
Nació: en 1989
Fundado por: Ángel Calvente
Ubicación: Málaga
Destaca por: haber trazado un nuevo camino en el teatro contemporáneo
¿Sabías que? han colaborado con programas de televisión como VIP Noche, Hola Rafaela o Lo tuyo es puro Teatro

Sus cuerpos inertes cuelgan a oscuras en una nave. Probablemente, cuando nadie las mira, hablen las unas con las otras sobre sus éxitos pasados, de las veces que los focos alumbraron su talento sobre el escenario, sobre aquella frase audaz que levantó al público en una carcajada. Justa Desgracia, Carmela Amargura, Eva Lorena… Algunas comienzan ya a deshacerse, a morir a la manera en la que mueren las marionetas: se resquebrajan, pierden color, van convirtiéndose en piezas polvorientas. Su gran momento del día es cuando su creador acude a saludarlas. Es Vincent Price en Eduardo Manostijeras, el Dr. Frankenstein, el Geppetto malagueño que con la misma ternura, pero algo más de mordacidad, les dio la vida: Ángel Calvente.

Bajo su sello, El Espejo Negro, defiende a capa y espada a la marioneta como una herramienta teatral adulta, a la que ha dedicado más de 20 años de trabajo. Paradójicamente, el premio Max de las Artes Escénicas les llegó con La vida de un piojo llamado Matías, un espectáculo infantil que, no en vano, admite lecturas más profundas. La crítica le adora y su público no admite medias tintas: ha trazado un nuevo camino en el teatro contemporáneo. Se acercó al CAC Málaga, el lugar en el que construía sus gigantescas figuras del Boquerón del Día de San Juan de la capital malagueña, para hablar con nosotros en el único día de descanso que le permitían sus giras por España.

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P. ¿Recibir un Premio Max es sólo una mera anécdota frente a tantos años de trabajo?

R. El mayor premio para nosotros es seguir haciendo teatro y defendiendo un tipo de teatro que hasta ahora no tenía vida. Los propios profesionales del medio nos miraban de forma reticente. Para ellos sólo eran marionetas para adultos con un lenguaje pasado de rosca. A la gente le costó, pero en estos momentos El Espejo Negro tiene un lugar dentro del panorma teatral y un lenguaje propio, que es lo más importante de todo. Defender mi lenguaje.

P. ¿Cómo fueron los inicios de El Espejo Negro?

R. Nació en el 89 con un espectáculo para adultos que en aquel momento supuso una revolución. No había nada parecido en territorio español y menos en Málaga. Con el tiempo la compañía se consolidó y yo necesité experimentar en otros campos. Siempre he hecho cultura, he pintado. De ahí las marionetas.

P. ¿Qué significan para ti?

R. Son el actor total porque actúan, se descomponen y además son algo vivo que hay que pintar, moldear, vestir. Lo tienen todo. Y encima interpretan. Hablo de ellas como algo vivo. Una vez que la has creado ellas comienzan a tomar vida. Como les tengo tanta devoción, creo que ellas me lo devuelven en vida. Las marionetas te ayudan a decir cosas muy potentes. Es como con los dibujos animados. Si la violencia que generan los dibujos animados la extrapolas al ser humano, es muy bestia. El público se ríe porque son las marionetas las que actúan. Es como cuando sacábamos a Rocío Jurado cantando a la España muerta de brazo en alto. Con un actor no es lo mismo.

P. ¿Dónde queda el ego del actor?

R. Yo nunca me he sentido actor. Hasta hace diez año me escondía detrás de la marioneta con una capucha negra. Era mi escudo protector. A veces es complicado encontrar a un actor manipulador que al ego lo deje en casa y se entregue. La marioneta es muy egoísta. Tira de ti, no eres nadie para ella. Hay gente que no soporta no enseñarse físicamente.

P. Cuando uno piensa en marionetas piensa en niños riéndose a carcajadas. El Espejo Negro ha demostrado que los adultos también pueden reírse con la misma intensidad ante unos muñecos.

R. Yo siempre he trabajado para adultos, nunca he pensando en los niños. No me gustan, ellos lo saben y me desmontan. No me gusta que la gente sepa mis debilidades. Ellos tocan en la llaga siempre. He tardado 19 años en hacer un espectáculo para niños [Un piojo llamado Matías]. El tiempo le ha dado la razón al mundo infantil y a mí me ha obligado a trabajar para ellos. Cuando aparecí en el panorama teatral, la gente venía con sus hijos a ver marionetas. No paraba de decirles: “¡Es para adultos!”. Para adultos y muy adultos. Incluso hay gente adulta que no entiende mucho mi lenguaje teatral.

P. ¿Quizá se asocia al niño porque éste es menos escéptico?

R. Realmente todos nos creemos lo que nos dice el gobierno. Todos llevamos un niño dentro. Hay niños con muy mala leche y adultos entrañables, y viceversa. Es el punto en el que tú quieras entrar a jugar. Lo que sí es verdad es que tienes que abrirte y dejarte llevar, pero no más que cuando vas a ver teatro actoral para adultos. Si no te lo crees da igual que sea una marioneta o una persona de carne y hueso.

P. ¿Alguna vez se han tenido que ir los niños de un espectáculo de El Espejo Negro?

R. La verdad es que no. Cuando el papá entra en el juego de un espectáculo de corte cabaretero, trasguesor, donde el sexo y la religión van unidos sobre el escenario, nada más empezar ya sabe a dónde va. Como el niño no entiende la política ni los entresijos del lenguaje que utilizamos, se quedan con las luces, la música… Hacen una lectura diferente. Sí es cierto que una vez con Tos de pecho, de alto grado político y erótico, nos contrataron en Huelva. Estábamos tras las cortinas calentando cuando empezamos a oír niños, niños de 6 ó 7 años, y dijimos: “Dios mío”. Es espectáculo empezó y los niños se reían, se lo pasaron en grande. Pero en un intermedio la sala se quedó vacía. Los profesores se los habían llevado. Fui a quien nos había contratado y le dije que eso no se debía hacer. Los niños tiene sus propios espectáculos, su lenguaje.

P. ¿La provocación es una manera de descolocar al espectador para que deje la mente abierta?

R. Simplemente es mi lenguaje. La provocación va unida a mi teatro. Siempre he utilizado banderas, el mundo del travesti, de los perdedores, los playbacks. Decir muchas cosas de manera solapada.

P. ¿Es difícil encajar la ironía en el guion?

R. Es muy difícil porque nunca sabes si va a resultar. Cada cual hace su lectura. Siempre camino con mi espectáculo sobre el filo de la cuchilla, y la cuchilla es muy peligrosa. Es un constante equilibrio entre el sí y el no, pero da muchas satisfacciones. Lo solucionamos pasándonos verbalmente, con vocabulario muy grosero. Mis personajes son muy eruditos en la vida pero son groseros en cómo se comunican. En un momento dado una grosería se puede volver una delicia. De todas formas, la técnica de la manipulación en sí es lo que los salva y los hace grandes. Sales de mi espectáculo y recuerdas a un personaje vivo, a una persona.

P. ¿Cómo lo conseguís?

R. A base de mucho trabajo. Es como la danza clásica. Primero aprendes los pasos, después los tienes que hacer tuyos y una vez que son tuyos, crear, bailar y no marcar. La manipulación es igual. Es entregarte, dejar de ser tú para convertirte en otros a través de las manos y compartir esa creación con tres actores manipuladores más. Es cuestión de ensayo y sobre todo, de energía. No puedes hacer una manipulación estéril, aséptica y limpia. Tienes que provocar en el espectador la energía de la vida, que es el movimiento. La marioneta te vampiriza y te utiliza como sostén. Realmente no las movemos nosotros. Ellas nos mueven a nosotros para que las movamos. El que piense que detrás de lo que yo hago no hay trabajo está muy equivocado.

P. ¿Nacen antes las marionetas que las historias?

R. Con el paso del tiempo el proceso ha cambiado muchísimo. Tiene que ver con la disciplina teatral, con la profesionalización que yo he hecho de mi trabajo y de mi hobbie. Antes las historias nacían en base a un títere. Ahora nace el germen de la idea, realizo una investigación mucho más profunda que antes y creo todo un guión, aunque haya mucha improvisación en el espectáculo. Guión, diseño de personajes, la escenografía y el montaje. Antes era muy complicado para mí sacar un espectáculo adelante.

P. ¿Con qué fase del proceso disfrutas más?

R. En la dirección y con las marionetas. Sobre el escenario ya no me divierto como antes. Es una faceta que está pasando. Es-Puto Cabaret será el último espectáculo que yo represente. Al menos hasta que sienta que debo volver a subirme. Con La vida de un piojo llamado Matías he descubierto que me divierte mucho dirigir. Me ha dado una perspectiva de trabajo impresionante. Es muy difícil actuar y dirigir al mismo tiempo. Una vez que pruebas sólo con dirigir, no quieres volver sobre el escenario. Me gusta dirigir a los actores, a las marionetas, jugar con ellos. En definitiva, el actor es otra marioneta.

P. ¿En qué estado crees que está el teatro andaluz?

R. En Andalucía hace mucho que se ha levantado el teatro y se deja ver. Ya no somos invisibles y esto se ve mucho en el Norte, sobre todo en Cataluña. Allí miran mucho para el Sur y respiran aire sureño. Hemos tardado un poco en sacar la cabeza, pero tenemos una identidad teatral patente. Creo que hay una forma de hacer teatro andaluz. Hay compañías y actores muy importantes en Andalucía que están mejor vistos fuera. Pero eso no lo vamos a cambiar nosotros.

P. ¿Y en el caso nacional?

R. A la gente le cuesta trabajo ir al teatro y creo que es por pudor. Le cuesta menos el cine porque es frío, es distante, no estás compartiendo el sudor y los nervios de los actores. Cuando yo saco a un Cristo disparando a la paloma de la paz hay gente que siente un pudor religioso. La gente tiene que concienciarse del hecho teatral: el teatro no existe sin público, no existe si no se representa.

P. ¿Qué supone para ti el teatro?

R. El teatro para mí es libertad. Si la falta de libertad en este país llega al teatro, me dedicaré a otra cosa. No podría trabajar sin libertad, sobre todo porque me cerrarían la boca sobre los escenarios. Para muchos soy un grano. Para otros, si no hago algo escabroso es que no he llegado al nivel esperado. No lo hago de forma consciente. La provocación surge sin necesidad de buscarla.

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