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Autor: Eduardo Jordá
Editorial: Vandalia, Fundación José Manuel Lara
Año: 2008
Nacionalidad: España
Género: Poesía

Reseña: Instante

Eduardo Jordá hace memoria y nos revela que la poesía del amor y la desesperación se encuentran en cualquier lugar, en cualquier momento. Un poeta en constante movimiento.

Por: Antonio Palacios

Como una carretera sin asfaltar, vaticinio de los trayectos a los que nos invita el autor, Instante se bifurca en dos direcciones. La primera parte se titula El Infierno Feliz (Poemas de Manila) y nos ofrece varias instantáneas de la capital filipina. Lugares como Malate, Quiapo, EDSA o el Pagsanjan retratado por Gil de Biedma y Coppola, fueron visitados por el autor hace tres años, al ser invitado por el Instituto Cervantes. Así, el mosaico de Manila aparece con sus jeepneys (autobuses), el frangipán (un arbusto), los lanzones (un aperitivo) y sus mujeres. Desde la Gabriela inspirada en Gabriela Portero -la hija de dos cooperantes que trabajan en un hospital para tuberculosos- hasta la prostituta Ronna, una de esas que según el poeta “se acercaban cada vez que te sentabas en un bar, todas muy jóvenes”. Es en estas primeras páginas donde el poeta se ha ganado alguna que otra corrección por parte de críticos y colegas. Pero Jordá no se ha escondido en esa especie de corrección poética que ata la inspiración de muchos. Y si en Quiapo él ve “que la gente compra consoladores y pistolas”, él lo versifica. Es complicado entender a la crítica. No a Jordá.

En Instante, la segunda parte -que coincide con el título general de la obra-, los lectores y críticos puede que se encuentren más cómodos. Es en ella donde encontramos el poema Sábado Santo, inspirado por un pensamiento de George Steiner que concebía ese preciso instante como el momento de la angustia y de la desesperanza: aún no ha resucitado Cristo y todos sus seguidores están en el desánimo más absoluto, a la espera del milagro. A Jordá le parecía que “ese momento era muy fértil” y puede que ese instante sea el que resuma todos los que aparecen en el libro. El hombre, para el poeta, está siempre a la espera de algo bueno, aunque viva en el mismo infierno. Y cada poema es como una oración, la petición de un milagro que lo salve.

La poesía puede ser como esa “dolorosa invocación a la vida” que las lápidas otorgan. Una como la del niño romano que aparece en el libro:

Hermógenes, querido de los suyos
murió con ocho años, siete meses y catorce días.
Nada fui, nada soy.
Tú que aún vives, come, bebe, juega,
ven.

Una de las novedades del libro es la inclusión de una cita, pues Jordá no lo había hecho antes en sus anteriores volúmenes de poesía. El poeta elegido es Robert Graves, un poeta que casi siempre cantó al amor y que señaló que la mujer es y el hombre hace. Jordá, en Hierba seca a la luz de la luna, apostilla que “la mujer es aurora; el hombre ocaso”. El poeta lleva a muchos de sus poemas la idea clásica de que el amor supera a la muerte y es el origen del mundo. En uno de ellos, My Wife, incluso su mujer le escucha gritar su nombre, pese a que ambos ya están muertos. En la boda de unos amigos, el poeta dice que:

Es posible que el cosmos sólo exista
por un descabellado, inexplicable,
absurdo acto de amor. Y nadie puede
decir que ha estado vivo si no ha amado
al menos una vez, perplejo, incrédulo
y borracho de vida, invulnerable
y a la vez tembloroso, como un niño
que flota en un arrollo de agua oscura
a merced de la luz y del instinto.

Ese amor también se puede encontrar en los encuentros con amigos inesperados, como con el fotógrafo Ira Cohen, al que Jordá conoció en Sevilla cuando el beatnik llegó para participar en un encuentro sobre Paul Bowles. Con él brinda “por la noche que se acerca” y suena como un brindis por la vida.


Bibliografía


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