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Javier Mije

“Si mis ficciones os parecen tristes, pedid cuentas a la realidad, no a mí”. Un apasionado de Kafka que trabaja en dependencias judiciales. Creador de un universo fragmentario, de doce cuentos, tan certeros y lacerantes como bellos. El escritor de El fabuloso mundo de nada (Acantilado, 2010), Javier Mije.


Por:  María Iglesias
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Escritor
Nació: en 1969
Ubicación: Sevilla
Destaca por: su humildad personal frente a lo ambicioso de su prosa
¿Sabías que? se le considera uno de los 30 mejores escritores de cuentos de España

Mientras se inventa un encefalograma que nos devuelva algo más que la imagen de esa tripa extraña que nuestro cráneo guarda, intentaremos llegar al epicentro generador de una obra literaria, tan cruda como necesaria, a la vieja usanza, entrevistando a su autor.

O -recurriendo a imágenes de ese circo que le inspira cuatro relatos- lanzando hacia él (ojo a la preposición) las preguntas que, como cuchillos, acabarán por delinear la hermosa silueta del escritor asido al libro que nos ha querido regalar.

P. ¿Qué es El fabuloso mundo de nada?

R. Otra oportunidad para llegar a los lectores y contarles qué cosas me inquietan, me perturban, y esperar que alguien reciba el mensaje al otro lado y sienta que algo de lo que escribo le pertenece.

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P. ¿Hubo un primer cuento o lo primero que nació fue el hilo conductor?

R. Aunque algunos de los relatos han creado lazos de parentesco entre sí, y algún pasillo los comunica, cada texto es autónomo. Si hay un hilo conductor o una atmósfera común es algo que sólo he podido constatar a posteriori, casi siempre a través de la reacción de los lectores. Sí hay cuatro cuentos cuya peripecia se desarrolla en el circo. Escribí en primer lugar Último vuelo, cuyo protagonista es un hombre bala. Allí aparecían unos personajes secundarios de los que, lentamente, fueron surgiendo otros argumentos. Fue un reto, y una de las dificultades de la escritura, que estos personajes pasaran de unas historias a otras sin que los cuentos dejaran de articularse como obras independientes.

P. ¿Cuál es el meollo del libro, el eje, su columna vertebral: la dificultad de las parejas para durar, la insatisfacción y la soledad, un frustrado anhelo de comunicación, el dolor o con una vaga esperanza en la belleza como redención?

R. Honestamente, no lo sé. Escribo a ciegas, por instinto. Algo que sólo es posible, me temo, en las formas breves. Desde luego, no puedo negar que todo eso está entre mis obsesiones. El buen criterio de un editor evitó que titulara Los insoledables mi primer libro (El camino de la oruga, Acantilado, 2003). La misma idea de una soledad sin remedio aparece en alguno de estos cuentos. Hablamos sin parar, pero rara vez nos comunicamos. Estoy seguro de que de esa frustración por no llegar al otro nacen, como paliativo, la mayoría de vocaciones literarias.

P. ¿Qué encaje tiene en el libro el mundo del circo?

R. ¿Debo confesar que nunca he estado en un circo? Último vuelo transcurre en ese escenario. Pero lo que me interesaba contar, la historia de un hombre humillado, un pobre hombre, podía haberse desarrollado quizá en cualquier otro. Sólo porque descubrí algunos personajes interesantes en ese primer cuento seguí explorando esa vía de lo circense.

P. ¿Consideras que es un libro triste?

R. Decía Lobo Antunes que sus novelas decepcionan a algunos lectores, porque van a ellas a sumergirse en una mentira y se encuentran con una verdad. Me parece un riesgo que un escritor debe asumir. Y como dice la canción de Serrat, la verdad nunca es triste, lo que no tiene es remedio. Si una obra de ficción que intenta, desde su modestia, decir algo sobre la condición humana es triste, habrá que pedir cuentas a la realidad y no a los escritores. En cualquier caso, cada uno tiene su propia idea de lo que le divierte.

P. La obra hace un desolador diagnóstico individual y social, ¿avistas tratamiento?

R. No soy muy optimista. El mundo se parece cada vez más, en sus contradicciones, a una obra de teatro de Bertolt Brecht. Creo que hemos vendido el alma al diablo, que es otro nombre del mercado. La productividad, la eficacia económica, la competitividad, son criterios a la medida de los mercados, no a la medida de las personas. Entre los derechos fundamentales que reconocía la Constitución de Cádiz, figuraba el olvidado derecho a la felicidad. ¿Quién va a ir con ese cuento al mercado?

P. ¿Admites la opción de que solitarios inconexos se reconozcan un día, se organicen y cambien el actual paradigma, o lo descarta por completo? Si la respuesta es no, si la literatura sirve para generar malestar, dar qué pensar o emocionar, pero no para cambiar la realidad, ¿es como un juego?

R. Dejaré al final de la entrevista mi teléfono caso de que tal reunión se organice. Si es un juego, la literatura es un juego peligroso. Creo que se escribe por un impulso egoísta, para dar salida a algo que surge de las entrañas, y no para cambiar el mundo.

P. ¿Cuál es el vínculo entre realidad y ficción?

R. “La imaginación es la nostalgia del presente”, escribió Paul Auster. Si creemos a Auster la ficción surgiría para paliar las carencias, para rellenar las fallas de la realidad. Por otro lado la literatura es realidad transformada. Biografía maquillada, si se quiere. O pasada por la cirugía hasta hacerla irreconocible. Por último, la literatura sirve para entender la realidad en que vivimos. Al final resulta difícil distinguir una cosa de otra. Hay quien afirma que lo único real es la ficción, si la literatura sirve para desenmascarar las trampas de la realidad. Vivimos rodeados de ficciones, es más, las ficciones organizan el mundo.

P. ¿Qué diferencias aprecias con tu libro anterior?

R. Soy un pésimo crítico para juzgarme. Pero creo que en el nuevo libro he utilizado herramientas, como cierto humor, negro si se quiere, que dejan abierta una pequeña válvula de escape. Quizá El camino de la oruga era más intenso. Bien porque quien lo escribió contaba con menos recursos, bien porque la urgencia de expresarse a bocajarro era más acuciante entonces.

P. ¿Cómo nacen los cuentos?

R. Tengo una libreta en un cajón con ideas o imágenes de las que podría surgir una historia. Ése es el primer paso para que empiecen a madurar. Tengo la impresión de que soy yo quien persigue tozudamente a las ideas, y que este hostigamiento tiene lugar sobre todo cuando me siento a escribir. Puede pasar mucho tiempo hasta que alguna de esas pálidas ideas madure en una historia, casi siempre al combinarse con otra encontrada algún tiempo después por azar. Entonces te sientas a escribir y nunca sabes qué vas a encontrarte por el camino ni a dónde va a llevarte. Algunos caminos conducen, no a Roma, sino a la papelera.

P. ¿Cómo has escrito este libro y sueles escribir?

R. No sigo un esquema previo. En un primer momento tengo sólo una vaga idea de lo que quiero contar. Me dejo llevar por la intuición, y por lo que voy encontrando mientras escribo. Es un continuo proceso de reelaboración. Puede que un hallazgo te obligue a modificar todo el texto. A empezar de nuevo. Pero no puedes mirar para otro lado y fingir que no has visto nada, no puedes volver a enterrar el tesoro que andabas buscando. Siento que el relato está vivo y dispuesto a que le ocurran cosas. Mataría esta posibilidad si partiera de un guión cerrado. No creo que nadie lo haga, al menos cuando escribe cuentos.

P. ¿Dónde escribes? ¿Tienes algún ritual, alguna manía?

R. Escribo a mano. La pantalla del ordenador parece estar siempre exigiendo que la llenen de palabras, y mi ritmo es más lento. Mis rituales no son nada espectaculares. Me gustaría decir que me pongo siempre la misma camisa. O que, para que me sirva de estímulo, tengo sobre mi escritorio una foto de Marylin Monroe, que, al fin y al cabo, se casó con un escritor. Antes tenía un retrato de Juan Carlos Onetti, pero sentía que me miraba muy severamente, como si no le gustara nada de lo que hacía, y lo retiré. Mi único rito es tomarme un café. Me siento y, alguien lo definió muy bien, apunto una pistola imaginaria contra mi cabeza para obligarme a permanecer sentado.

P. ¿Qué autores consideras tus referentes, clásicos y contemporáneos?

R. La lista de autores que me gustan sería prolija y está periódicamente sujeta a revisiones. Creo que hay que leer a los más grandes, a Proust, a Kafka, a Pessoa, a Virginia Woolf, a Faulkner y otros pocos elegidos, y sentirse a medias humillado, a medias espoleado por lo que hicieron.

P. ¿Cómo descubre uno que es escritor?

R. No sé si soy escritor. Sólo estoy en ello.

P. ¿En qué medida vivir en Andalucía y no en uno de los dos principales polos editoriales españoles (Barcelona y Madrid) marca a un escritor? ¿Ser periférico es necesariamente un hándicap o puede convertirse en un valor?

R. No creo que importe mucho hoy en día el lugar donde uno viva, si hablamos de literatura. Si hablamos de vida literaria, oportunidades profesionales, presencia en los medios, puede que sea un hándicap vivir en la periferia. Pero no estoy seguro. Parece que hay autores que demuestran lo contrario. Quizá es que pasan mucho tiempo en el AVE.

P. ¿Por qué la próxima obra que preparas es una novela?

R. En primer lugar, porque la historia que pretendo contar en ella necesita de una forma más extensa y de otro ritmo para desarrollarse. Además, aunque espero seguir escribiendo cuentos, la novela es un desafío. Un desafío a la capacidad de resistencia.


Bibliografía


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