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Autor: Fernando Quiñones
Nacionalidad: Española
Género: Relato
¿Sabías que? Se publicó en Tusitala y El coro a dos voces

Relato: El Noroeste

Los Herederos de Fernando Quiñones nos regalan un relato del autor gaditano para que desde Tertulia Andaluza se difunda el trabajo de unos de los personajes más importantes de la literatura andaluza. Un honor para nosotros, un placer para los lectores.

 
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Por: Fernando Quiñones © Herederos de Fernando Quiñones

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Aquella tarde se lo dijo.

Fresco el viento y Joaquín Quintana despacio, con el hombre, por el camino sobre el arrecife de la Puerta Vieja de La Caleta al castillo de San Sebastián.

La marea media abofeteaba las rocas con desgana y en la luz de las cuatro, plateando en las distancias, se oía su batir bajo los pequeños, espaciados puentes del camino al castillo y al faro, que sólo ellos estaban recorriendo.

Al fondo de La Caleta, a sus espaldas, se curvaba como una herradura el blanco balneario fin de siglo, y ante sus ojos, lejano e inaccesible tras las almenas del viejo fuerte militar, el faro metálico se alzaba al sol igual que una estilográfica flamante, disonando, en la antigüedad del paisaje, del agua alegre y los roquedales negruzcos.

Esa tarde fue cuando el hombre se lo dijo.

—Es bueno este viento, pero para bañarse no —había hablado Joaquín primero.

El hombre bajo y fornido, que vestía de negro y casi siempre llevaba un libro en el bolsillo, se detuvo entonces y extendió un brazo a la redonda. Enseguida habló con aquel acento suyo convencido y algo solemne, con su caluroso pero nada cargante énfasis de costumbre, capaz de dar interés y sentido a cualquier cosa. Su corbata blanca flameaba en el aire.

—Sí, es un buen viento —dijo—. Y un poco raro en este tiempo porque es de noroeste. Fíjate cómo pone verdosa el agua. Ya por la parte de la Alameda no tanto; por allí el que manda es el levante. ¿Te gusta la Alameda, no?

—Iba siempre de chico; ahora menos. Pero claro que me gusta.

—¿Cómo que de chico —sonrió el hombre—, es que te tienes por viejo? Viejo, yo.

—No eres viejo —dijo Joaquín.

—Será que no te lo parezco. Cuarentinueve.

—No es eso. No eres viejo. Mi abuela sí que tiene un montón, y tampoco me suena a vieja. Pero lo es. Bueno, es que ella es como si fuera mi madre, es mi madre.

La ciudad extendía tras ellos su decaimiento y su belleza. Al otro lado de la bahía, más allá de los anchos llanos marinos, se agazapaba un pueblo blanco como bajo el gran peso del cielo, y el noroeste acumulaba polvo y pajuelas en los baches del camino sobre el arrecife.

Y Joaquín se quedó mirando al hombre cuando este le dijo muy poco después que, no ya a aquella hora, sino incluso a la de almorzar, se escapaba hasta allí algunos días para estar a solas consigo, pretextándole a la hermana que alguien lo convidó y arreglándoselas con media botella de vino y un plato de pescado frito en alguno de los añosos bares cercanos a La Caleta.

Se quedó Joaquín mirándolo contra el mar rielante, con una mirada entre azorada y fija, porque entendió que el hombre le estaba hablando de una cosa y de una manera triviales en apariencia pero verdaderamente íntimas y como plagadas de algo, tal vez de una soledad inabarcable, algo que no estaba en las palabras mismas sino por detrás de ellas, algo oculto y muy fuerte.

Y Joaquín presintió que, aunque nada tuviera que ver con ellas, aquellas palabras del hombre podían dar paso inesperado —como en efecto lo dio— a que el hombre le dijese lo que él nunca hubiera querido oír y al «ten cuidao» de alguien que ya había avisado a Joaquín con una tosquedad burlona y breve, segura y cruel, que justamente utilizó Joaquín para repudiar aquel aviso, sin embargo cierto: el aviso de aquello que cambiaba de pronto el modo de mirarlo del hombre, y que devolvía la conversación del hombre a los temas de siempre cuando ya parecía ir a hablarle a Joaquín de algo que no era lo de siempre (como si aún no se decidiera o no fuera capaz de hacerlo), para hablar otra vez de lo que le importaba a Joaquín, de libros, de músicos, de cantaores, de reveladores lances de la guerra civil.

Pero ahora sí se lo había dicho.

Ahora se lo había dicho, así que los cuarentinueve años del hombre se iban a quedar otra vez solos, y los dieciséis de Joaquín también debían volver a vagar solos por la ciudad bullente y, para él, otra vez vacía sin aquel amigo mayor, sin oírle hablar de Shakespeare, de Picasso, de Mozart, sin sus vivas orientaciones sobre el arte de Galdós, y el de los cantes de Enrique el Mellizo, o la perfecta habilidad de Stendhal y la fuerza verbal de los prohibidos, inasequibles Neruda, Alberti, García Lorca. Es decir, sin cuanto, más allá de sus nuevos, recién empezados trabajos en las noches del muelle pesquero, había ido llegando a ser el entero y recién nacido destino de Joaquín, su mundo, que aún no podían entender su vecino Germán ni ninguno de los demás amigos de su edad, y para el que había encontrado alimento y apoyo en el hombre maduro, bajo y fornido, con el que se veía a diario desde hacía tres meses y que tan comprensivo y afectuoso se mostraba con él.

—Te gusta de veras el arte y tienes cabeza y mucha curiosidad, ya verás como te abres paso en eso, Joaqui. Pero aquí no. En un Madrid o una Barcelona, Madrid te diría yo. Te vas a abrir paso como este noroeste, que no hay quien lo pare. Yo… yo no pude —dijo sin amargura el hombre.

El hombre del que ya tendría que alejarse Joaquín Quintana, como de otros antes, porque después de esas palabras sí se lo había dicho, se lo había dicho tocándole el brazo con una mano temblorosa:

—Te amo.

Reproducido con autorización de los ©Herederos de Fernando Quiñones


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4 comentarios

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El 7 Mayo 2008 a las 0:54, Cezar dijo...

Hermoso! Gracias por compartir este relato. ¿Cuando van a escribir algo sobre Fernando Quiñones?


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El 25 Mayo 2008 a las 13:32, Zoe dijo...

Merece la pena! El giro del final dispara la imaginación. En un segundo ves lo guapo que debía ser, la de pretendientes que rechazó y el relato cobra otro sentido de súbito…


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El 25 Mayo 2008 a las 20:36, Lorenzo dijo...

La primera vez que leí este relato me fascinó la naturalidad con que Quiñones abordó una declaración de soledad, amor y amistad como ésta, tan abierta a la imaginación, sí, esos tres meses de charlas entre un hombre maduro y un joven, unidos por la admiración del arte y otros vínculos inconfesables, al menos hasta el giro final.

El lugar, el clima, los vientos, me resultan muy familiares…En efecto, los aires soplan así en La Caleta, en el paseo que ahora lleva su nombre, Fernando Quiñones, y uno se identifica con las descripciones, con la vista desde allí de todo Cádiz, con su decaimiento y su belleza.
Supongo que es lo bueno de leer a un paisano, que te reabre los ojos, te hace viajar por casa, revisitar espacios comunes, bajo la mirada de sus protagonistas. Y cuanto más relees, más ves tu ciudad, más la quieres, más te duele, más la disfrutas, y los personajes cobran una extraordinaria verosimilitud. Gracias a la familia y a la fundación por este regalo.


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El 30 Mayo 2008 a las 8:08, thea dijo...

bravo!



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