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Reseña: Concierto Doris Cales Quartet

La inauguración del XXIV Festival de Jazz de Málaga corrió a cargo de esta artista de Brooklyn a la que le faltó la sangre caliente y la fuerza para no dejar fría a la audiencia.


Por:  Lakshmi I. Aguirre
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Artista: Doris Cales Quartet
Fecha: 09/11/10
Ubicación: Teatro Echegaray (Málaga)

El Iridium de Nueva York abrió sus puertas en 1994 y desde entonces, entrar en el ese cubículo mágico de Broadway Street ha seguido siendo un viaje extrasensorial. La comida, las copas y una big band llenaban una sala en la que no estaba prohibido levantarse de las mesas minúsculas que chocaban las unas con las otras y ponerse a bailar aquel ritmo endiablado que surgía de saxofones, trompetas y los más rebeldes trombones. El Teatro Echegaray intentó en la inauguración de su XXIV Festival de Jazz emular aquel ambiente neoyorquino. Y lo consiguió, a la malagueña.

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Pequeñas mesas sustituyeron a las butacas y la cerveza corrió por doquier en el concierto de Doris Cales Quartet. Lo que no se prodigó en la noche del martes fue el pellizco, el duende o cualquier otra figura del flamenco digna de compararse con el arte jazzístico.

Que el artista hable demasiado sobre el escenario siempre ha sido uno de los grandes males de los egos estelares. Exceptuando, claro está, a grandes como Arturo Sandoval, presente en el festival de 2008, que cuando abre la boca frente al micrófono es capaz de levantar a todo el patio de butacas. Doris Cales, nacida en Nueva York (con un perfecto español) no entra en ese grupo de artistas que hacen del silencio una de las mejores bazas de sus directos.

Entre composiciones propias y ajenas, el concierto duró alrededor de 90 minutos entre los que sin duda destacó la versión del maravilloso tema Almost blue, con el que parece que se le hubiera partido el alma a ese tipo con gafas y una buena ración de genialidad que es Elvis Costello. Se invocaron también a Billie Holiday y a Steve Wonder, que, por supuesto, no aparecieron en la sala.

Nunca necesitó un verdadero músico de jazz mirar el reloj sobre el escenario. Nunca necesitó un verdadero músico de jazz vaciar cinco botellines de agua mineral. Nunca necesitó un verdadero músico de jazz seguir una fría partitura -la llevaba dentro, grabada a fuego-. Melodías se han roto muchas sobre las tablas, pero no con un taconeo constante sobre la madera o con esas palmas cuando los estimables solos de German Kucich (piano), Juanma Barroso (batería) y Toño Miguel (contrabajo) la sacaban de escena.

Moverse, se mueve bien Doris Cales (a la que hay que reconocer el haber acompañado a grandes como Jorge Pardo y Jerry González en los escenarios), pero no deja de provocar reminiscencias a hoteles de la costa levantina los viernes por la noche, o a los fantásticos coros, eso sí, que acompañan a los nombres de la primera fila. Eso sí, y nos quedó claro en el minuto uno de concierto: los discos se vendían en la entrada.

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