Reseña: Santo y seña de Eva Yerbabuena
El cajón de Raúl Domínguez rompe el silencio. Y la Yerbabuena se contrae y retuerce a cada golpe, se alza y narra con su cuerpo la desesperación de un abandono. Las voces de los cantaores se alzan desde el público y desde ahí cantan a la bailaora granadina, que responde con sobriedad y con arte hasta que se apaga la bombilla y nos quedamos de nuevo a oscuras. Ojalá se hubiera terminado ahí el espectáculo. Lamentablemente, continuó durante más de una hora en la que la bailaora flamenca hizo más de lo mismo pero en otros colores, acompañada por otras voces entre las que destacó Pepe de Pura y decepcionó José Valencia, demasiado pendiente del foco y del aplauso, quizá de un genial Miguel Poveda acompañando a Isabel Bayón en La puerta abierta. La bata de cola arrastraba a la Yerbabuena, no al revés. Los cantaores se paseaban por el escenario sin dar lo mejor de sí, que es el cante. El ballet flamenco que salía en las transiciones dudaba y la emoción no se duda, se siente. Enconsertado, efectista, repetitivo, artificioso, correcto y por compromiso. Así fue Santo y seña. La hora exacta, el telón arriba y abajo una vez y otra, el público en alto y la Yerbabuena también. Deber cumplido. Yo no quería deberes. Sólo a la Eva original, a la original Eva. |
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Este artículo fue subido por Lakshmi I. Aguirre el 27 Octubre 2008 a las 16:42.
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