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Autoestima Flamenca

Cuando un humano aterriza en el Planeta de los Flamencos, no puede hablar. Su único idioma es el baile. Puede dar palmas, mover las muñecas o hacer tacón y punta. La cosa es darse un paseillo, un zapateo, una patá; marcarse una bulería, unas sevillanas, o un fandango. Y si no sabe, da lo mismo. Ahí no se va a bailar bonito. La cosa es sacudirse los miedos. Es el territorio de la Autoestima Flamenca.


Por:  Elsa Cabria
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Asociación que
Nació: en 2008 (aunque el germen nace en 1991)
Ubicación: Centro cívico ‘El Esqueleto’, Sevilla
Destaca por: favorecer el crecimiento personal (que no terapia) del ser humano (principalmente mujeres) a través del aprendizaje creativo del flamenco

En ese planeta inventado arrancan las clases que Carlos Sepúlveda imparte desde hace 20 años en el centro cívico El Esqueleto, en la barriada de las Tres Mil Viviendas (Sevilla). Y es que él, psicólogo y profesor de flamenco, no enseña danza: muestra cómo usar el cuerpo para sacar los conflictos emocionales de dentro (bioenergía) y hacer un uso terapéutico del movimiento (danzaterapia). Baile, juegos y cuentos. Un flamenco libre.

Este sevillano lo llama crecimiento personal, “pero no es terapia”, dice muy serio. “Se ha puesto demasiado de moda el concepto. Hasta ‘jamónterapia’ se inventará un día”. Y le ha puesto nombre a todo esto: Autoestima flamenca. “Si un problema dura toda la vida, el cuerpo se articula en base a eso. Hay que desbloquear la armadura que impide ser feliz, que no permite vivir con intensidad”. De su teoría poco sabe Asunción (nombre ficticio para preservar su anonimato), pero de la práctica, casi todo. Con 58 años, confiesa que, hasta los 30 años, jamás se había puesto el traje de flamenca. Maltratada por su marido hasta poco antes de que él falleciese, hace cuatro años, hoy lo cuenta liberada, pero su esposo estuvo preso por rajarle el cuello con un cuchillo. Ella fue una de las primeras alumnas de Carlos Sepúlveda. Y aún hoy, cada miércoles, durante tres horas, va a sus clases. “Lo que tengo y lo que aprendo, se lo debo a él”.

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Bioenergía aplicada al baile. Sólo aplicada, insiste el profesor. Porque cuesta y duele. Literal y metafóricamente. “El flamenco, realizado de forma consciente, puede ser tan eficaz como cualquier de los ejercicios de descarga de tensiones a través del cuerpo que se realizan en las psicoterapias, con la ventaja de que se realiza de forma lúdica y no es terapia formal”.

Su libre interpretación se aleja de lo standard. “Ese baile bueno, por poderío, hace que sea eficaz”. En la academia interesan los movimientos y la estética, pero él prefiere la expresividad. “En eso el flamenco es un aliado como intervención psicofísica”.

Este psicólogo solo ejerció cinco años. No estaba convencido. Ver a El Chozas sobre el escenario le motivó a formarse e impartir clases gratuitas. Flamenco fuera del sistema, para gente que no quería academia. “Esa fue siempre mi opción, salirme del circuito”. En 1991, asistió a un curso de guionista, allí conoció a una gitana a la que iba a ayudar a pulir un texto. Le llevó a su casa, en las Tres Mil, conoció a su familia, su ambiente. Le comentó que en el centro cívico Los Esqueletos había una vacante para enseñar sevillanas. “Entonces vi las conexiones. Descubrí implicaciones psicológicas y sociales en las clases”. Tres días por semana, iba en bicicleta hasta la barriada. Sus alumnas, entre las que estaba Asunción, rondaban los 30 años. Mujeres que, en general, no sabían leer ni escribir. Gente de familia muy humilde con los hijos criados.

“Para ellas representaba la primera oportunidad de tener tiempo y espacio propio”. Eso generó conflictos con los maridos, pero fue un punto de encuentro entre las mujeres. Asunción fue un de esos casos. “Cada vez que iba a clase, el mío me decía que seguro que me iba con otro hombre”. Lo que hacía, en realidad, era reunirse con la que considera su segunda familia: su profesor y las compañeras. Veinte años unidos. Haciéndose viejos juntos. María (también prefiere mantenerse en el anonimato), de 72 años, es también una de las veteranas de un grupo al que se le conoce como Las Esqueletas. “Él procura que nos unamos y saquemos lo que tenemos adentro. Yo, como soy una fullera, al estilo antiguo, antes bailaba como quería, pero me ha enseñado”.

En 2002, empezó a dar talleres puntuales para víctimas de maltrato. “Con ellas hay que desarrollar una sensibilidad particular. Mostrar una delicadeza extrema, cuando entras en clase, el aire se corta… Eso sí es psicoterapia”. Lourdes, de 53 años y compañera de Asunción y María, no asiste a esos talleres, pero tampoco da su nombre real porque esquiva con el baile el maltrato psicológico de un marido alcohólico. “Carlos no me deja decir que no puedo, me da la mano. Si no me sale, pues a tirones”. Sepúlveda habla de respeto: “Si ellas ven que hay otra forma de ser tío, puede impulsarlas a romper su situación”.

Contenido y confianza. Improvisación. Hace tres años, el proyecto de la desinhibición se redefinió como autoestima. “En Andalucía hay muchas inhibiciones con el flamenco: parece que tiene que venirte de familia, ser gitano y tener gracia”. Por eso, al principio, todas le pedían permiso para moverse. Lo admite, sus alumnas, Las Esqueletas, por su edad, no son estéticas, no según los criterios que imperan en la moda. “Pero a mi me cautivan al bailar. Me encanta que la gente sea tal cual”. Juego flamenco y jondos cuentos populares. Con Omega, el disco de Enrique Morente y Lagartija Nick de fondo, representan al terrible ‘Barbazul’, “un depredador, que puede estar dentro de nosotros, o que significa una relación tóxica”.

Lo que bailan Las Esqueletas y los grupos de mujeres maltratadas, también se lo enseña a escolares y personas de entornos rurales. Además, en 2011, Sepúlveda ha firmado un convenio con la Universidad de Sevilla: Tres créditos de libre configuración para que los alumnos aprendan aplicaciones del baile para la salud, las relaciones sociales y la educación.

El primer día de clase, un busto de Camarón parece observar cómo se desinhibe el grupo de universitarios con un tema suyo. En un aula del centro cívico, los estudiantes bailan sin patrones Como el Agua, versionada por por Chambao. Ellos estarán hasta mayo, pero las veteranas, esas que llevan 20 años, advierten desde otro aula que la autoestima flamenca se estira. A Lourdes y a sus compañeras les han bastado seis años compartiendo cafés y dulces en casa del maestro; tortillas y refrescos en el parque del Alamillo, y visitas a la Feria para sentirse en confianza. “Lo que contamos en clase, no sale”.

Y María, tan dicharachera ella, es más gráfica: “La paciencia que tiene Carlos con mujeres de nuestra edad… ¡Hay que tener dos pares y la bailera!

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