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Juan Carlos Hernando

“Estoy en contra de que el arte contemporáneo tenga que ir con un libro de instrucciones”. Absolutamente visceral, este pintor malagueño apuesta por el arte que nos golpea y nos hace temblar. La suya, una de esas obras que proponen solamente un viaje de ida. Volver de sus mareas de azul, una hazaña para los más osados.


Por:  Lakshmi I. Aguirre
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Pintor y escultor
Nació: en 1960 (Huelva)
Ubicación: Málaga
Destaca por: la honestidad de su obra y por ser un artista con los pies en la tierra
¿Sabías que? también ha realizado trabajos de escenografía

En pocas ocasiones, y más en el mundo del arte en el que los egos luchan no sólo por una pared en una galería sino por una línea en los libros de historia -o de metafísica-, se tiene la oportunidad de encontrar a un artista lúcido y con los pies en la tierra. Juan Carlos Hernando ya no es un niño y los años que lleva lanzándose al vacío de una disciplina a la que le sobran tópicos y etiquetas, no pueden ser más que un compromiso consigo mismo, y por ende, con quien acaba sumergiéndose en sus obras.

Cuenta que uno pinta desde que está en el vientre materno, aunque las vueltas de la vida, probablemente en azul y turquesa, tengan decidido ya desde entonces cuando colocarte frente a un lienzo, frente a ti mismo. Después sólo queda la convivencia: en un taller, en una familia, en un sociedad que necesita de grandes pequeñas cosas que la unan. Juan Carlos se ensucia las manos para conseguirlo.

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P. ¿Te consideras expresionista?

R. Me considero expresionista, me considero impresionista, me considero cubista, me considero un clásico… Soy una esponja y he aprendido de un montón de corrientes. Y espero que ese multiaprendizaje o multicuturalidad se exprese en mi trabajo. La piel del cuadro puede ser bastante impresionista, pero pretendo que mi trabajo sea conceptual porque en casi todo analizo una serie de cosas que me preocupan. Es un mensaje muy críptico y poco accesible.

P. Te sientes más cómodo en lo abstracto que en lo figurativo.

R. En general sí. En la figuración manejas el espacio y yo trabajo con el tiempo, con un gran campo de color. Pero no puedo prescindir de algún elemento figurativo que me remita a lo concreto y que me sirva para contarme algo a mí mismo y a los demás, aunque eso es mucho más complicado.

P. ¿Cuáles son esas preocupaciones que mencionabas?

R. Las preocupaciones siempre son las mismas, pero siempre son diferentes. Todas admiten múltiples matices. Las relaciones con los demás, el yo y los otros. La muerte, evidentemente, siempre está ahí. La fugacidad, el no haber nada seguro en la vida. Emociones al fin y al cabo. Un mundo interior que tratas de sacar fuera. A mí no me vale sacar una fotografía y llevarla a un cuadro. Es muy relajante y bonito y es un oficio de pintor muy puro, pero no es mi estilo de trabajo.

P. A la hora de afrontar una obra ¿qué prima más: el querer experimentar con un material o el querer materializar una idea?

R. En la escultura, sobre todo, es el material el que te lleva de un sitio a otro. En mi caso, que soy un asiduo visitante de los chatarreros, la chatarra me habla y me dice por dónde tengo que ir, pero en el caso de la pintura no. Parto de sensaciones. En casi todos los cuadros aparece el elemento irracional, algo que tú no controlas y que es realmente lo interesante del asunto. Algo que no sabes de dónde viene. No me gusta ni la metáfora ni la palabra, pero es como si fueras un médium.

P. ¿Eres de los artistas que creen que la pintura los eleva por encima de los demás?

R. Jamás. Odio lo que me separa de los demás y lo elimino. Ya estamos suficientemente separados los unos de los otros como para encima pensar que eres alguien especial porque sabes pintar. Es un absurdo. De hecho, esa idea del arte como élite es muy negativa para el arte, fomentada por que quienes siempre han comprado el arte ha sido esa propia élite. Mi labor, entre comillas, es acercar el arte a la señora de la compra, con todos los respetos hacia la señora de la compra. Odio la idea del arte como algo elitista. Si mi obra no llega a los demás no es por su culpa, sino porque yo no sé explicarme lo suficiente o no soy suficientemente interesante para ellos.

P. Has hablado de la muerte y de lo efímero como algunas de tus preocupaciones, pero tu obra destila optimismo. ¿Es algo planeado?

R. El optimismo es un deber. Es la premisa con la que me levanto. Es muy fácil ser feliz cuando todo te va bien, pero la felicidad no se merece, se crea. Hay que ser activo y hacer que sucedan cosas. Evidentemente la muerte está ahí y es lo único que tenemos seguro en esta vida. Pero por eso mismo no tenemos que preocuparnos especialmente por ella. Mientras que estemos aquí, ¡vamos a pasarlo cojonudamente!

P. Tu paleta de colores se mueve entre colores fríos. ¿Qué significado tiene el azul?

R. El uso del azul viene determinado por el precio del kilo del azul ultramar (ríe). Son colores que me ponen nervioso, que me transmiten sensaciones. Los demás no lo consiguen. Busco eso que dicen los pintores de “yo me elevo cuando pinto”. Lo que yo busco son sensaciones físicas, que me tiemblen las manos. Más que de colores hablaría de tonos y de texturas, que es lo que más me emociona.

P. ¿Por qué?

R. No lo sé ni lo quiero saber. La poca capacidad intelectual que tengo prefiero dedicarla a pensar cosas que no interfieran en mi emociones.

P. ¿Quién compra arte en la actualidad?

R. Los que han comprado siempre: la gente que tiene dinero, la gente que puede, además de irse de viaje, gastarse dinero en un cuadro. La gente prefiere un concierto o comprar literatura, aunque también es cierto que comparativamente es más barato. El arte casi que se hace para la busrguesía, aunque sea un término trasnochado.

P. ¿Eso no perjudica al arte?

R. Eso hace esclavo al propio arte y hace esclavo al propio artista. Es un círculo difícil de romper, porque al mismo tiempo la gente tiene que vivir. La pintura es un oficio como otro cualquiera. Tratar de vivir de él te hace esclavo del arte y del comprador. Digamos que el pintor está abocado al fracaso, en el sentido comercial, hasta que tu firma vale más que tu obra, con lo que ya deja de tener sentido el hacer una obra. Bastante paradójico.

P. ¿Es posible conseguir esa firma durante una vida? ¿Es real el tópico de que al pintor se le valora cuando muere?

R. Cuando nos morimos hacemos un favor a quienes compraron los cuadros. Hay gente que lo ha conseguido en vida. Todas las ideologías quieren tener sus artistas, las nacionalidades, las ciudades. Si tienes la suerte de estar ahí y de saberlo manejar, es lícito. Como siempre la pintura al servicio del poder, aunque se resiste.

P. ¿Cómo definirías el arte contemporáneo? ¿Cuál es su estado?

R. Es un periodo de gran confusión en el que todo vale y en el que dentro de ese todo hay mucho que es muy bueno y hay mucho que es muy malo. Eso hace que el arte contemporáneo sea tratado como la prensa rosa por los grandes medios de comunicación. Escuchamos frases como “eso lo puede hacer también mi niño”. Eso es una forma de reírse de lo que no se comprende. Ya no es falta de cultura: es falta de sensibilidad. Hay gente que no tiene cultura pero tiene una gran sensibilidad y eso es lo que habría que ir fomentando desde las escuelas.

P. ¿Crees que hace falta educar la mirada de los jóvenes?

R. No es enseñarles a mirar, porque desde la escuela ya nos alienan bastante, nos cercenan demasiado la mirada. Se trata de llevar a los niños a las galerías y a los museos. Nunca veo a un niño de 14 o 16 años en una galería. Jamás. Y es porque no tienen la costumbre. Debería ser una dinámica cultural.

P. Cuando miras una obra y no te gusta, ¿eres de los que pasan de largo o de los que le dan una segunda oportunidad estudiando su historia?

R. Una postura intermedia. Si el cuadro no me funciona desde el principio, si no me golpea, paso casi de largo. Luego leo sobre él, pero es una manera de acercarme a la obra racionalmente, intelectualmente, y no es mi forma de ver la pintura. Todo el arte es una vía de comunicación diferente a la oral y que participa menos del sistema estructural del lenguaje. Estoy en contra de que el arte contemporáneo tenga que ir con un libro de instrucciones.

P. ¿Se pueden establecer ciertos criterios para saber si una obra es buena o mala?

R. No. Para todo necesitamos una serie de esquemas, pero en el arte es un absurdo. Yo sé que lo que me gusta a mí, para mí es bueno. Punto. El arte es una percepción subjetiva, una vía de comunicación, una vía de perfección incluso como especie.

P. ¿Contemplas la posibilidad de una vida sin creación artística?

R. En absoluto. De hecho, muchos de mis miedos son quedarme ciego, cortarme la mano derecha… Me da pánico. Cuando estoy más de cuatro días sin pintar empiezo a gritar. Me falta algo. No es necesario para vivir, pero es obvio que para crear la felicidad yo sí necesito estar en el taller.

P. ¿Influencias?

R. Todas. Y espero que siga siendo así. Ojalá que nunca me repita a mí mismo y crea que ya tengo un estilo. Holbein, Van Dyke, Grunewald y mucho del siglo XX me encanta. Ahora hay unos chavales sumamente interesantes de los que también quiero aprender.

P. ¿Cuál crees que es la situación de Málaga en cuanto al arte?

En una ciudad en la que no hay coleccionismo privado, mal vamos. Málaga tiene una sobreproducción de pintura que no es absorbida por la propia ciudad. Si tienes que echarte una novia, hazlo en Berlín, y después en Francia, y después en Barcelona, pero no aquí. Tenemos un clima muy bueno, la playa… contra eso la cultura tiene muy poco que hacer. Después están los medios, que no publicitan lo suficiente los eventos culturales de la ciudad, que sí tiene una amplia oferta.

P. ¿Qué deberíamos cambiar?

R. Todo tiene que pasar por la educación. Cuando el público lo pide los políticos se lo dan. Y hay que descentralizar la cultura, llevarla a los barrios. Crear un marco jurídico para que la iniciativa privada tenga su razón de ser, una ley de mecenazgo operativa.

P. ¿Qué sacaste de ARCO?

R. Una borrachera muy grande y la conclusión de que no hay que tener mitos. ARCO no es más que una feria en la que se va a cambiar dinero. Es absolutamente lícito y además los pintores nos beneficiamos de ello. Así que ARCO a muerte. Pero que no me lo vendan como un evento cultural.

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