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Peter Viertel

Con amigos peligrosos como Hemingway y John Huston, Peter Viertel (1920-2007) sobrevivió a la jugosa tortura de ser guionista en Hollywood. Junto a los genios del cine escribió obras maestras como La Reina de África.


Por:  Lakshmi I. Aguirre
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Guionista clásico
Nació: Dresde, Alemania (16 de Noviembre, 1920)
Murió: Marbella, España (4 de Noviembre, 2007)
Destaca por: ser el marido de Deborah Kerr y por los amigos peligrosos que tuvo
Obra destacada: La reina de África, Una bicicleta en la playa

Dicen que ha muerto de tristeza. Que en cuanto conoció la noticia de la muerte de su mujer, Deborah Kerr, se dejó llevar por la pena y poco a poco se fue consumiendo. Él no era así. Al menos no coincide con su imagen tras leer su biografía Amigos peligrosos y su novela Una bicicleta en la playa. El Peter Viertel que se esboza en ellas es un hombre valiente, apasionado, decidido. Melancólico, sí, pero con una fuerza sobrehumana. Su padre, Berthold Viertel, le dijo una vez que “en este mundo hay personas que pasan la vida buscando la muerte, mientras que otros buscan desesperadamente la vida”. Él pertenece, sin duda, a estos últimos.

Nació en Dresde en 1920. Desde ese mismo momento, el arte fue su alimento. Su padre, Berthold Viertel, era poeta y director de teatro. Su madre, Salka, fue escritora y guionista. Gran amiga y confidente de Greta Garbo, entre sus guiones se encuentra Ana Karenina, protagonizado por la gran actriz. Emigraron a Estados Unidos cuando Peter era aún un niño, huyendo de los desastres que había provocado la Primera Guerra Mundial.

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Afincados en Santa Mónica, las noches en Mabery Road, la casa de los Viertel, se convirtieron en un clásico californiano. Mientras Salka preparaba la comida, entre tintineos de copas de champán y el sonido constante del timbre, Thomas Mann y Bertolt Brecht discutían sobre el futuro de la Europa que habían abandonado. Marlene Dietricht cantaba alguna canción rodeada de humo, Charles Chaplin pensaba en los cambios que se avecinaban y Aldous Huxley presagiaba la alienación de cualquier nacionalismo. Y el niño Viertel, con la cabeza llena de sueños románticos, esquivaba copas y bandejas y vestidos y bebía de todo aquello que se gestaba en el salón de estar y que era arte y la semilla de muchas obras que vieron la luz más adelante. De esas reuniones, que eran refugio de los europeos exiliados en América, sacó el ánimo y la destreza para comenzar su andadura como escritor.

Llegó otra guerra. Aún más cruenta. Y tuvo que alistarse en los Marines y pelear por su país de adopción. La literatura y la guerra, para quien escribe, son difíciles de conciliar. Sobrevivió al intento con pequeños rasguños que lo tornaron melancólico. “Tras marcharme de allí los veranos nunca volvieron a ser tan largos y calurosos, ni el mar tan claro, ni las playas tan vacías, ni volví jamás a sentir igual despreocupación por el paso del tiempo”.

“Adonde voy, voy yo también, y lo estropeo todo” repetía Viertel citando a Samuel Hoffenstein. Quizá a veces no pudo conjugar como hubiera querido la realidad y el deseo. Los apasionados, los que se rigen por su corazón poeta, lamentablemente se equivocan con frecuencia. Viertel tuvo conciencia plena de sus errores, siempre fue sincero consigo mismo y con los demás y quizá eso le llevó a perder ciertas amistades y algunas mujeres. Las amaba. A veces demasiado, o a demasiadas. Su madre le decía que “la felicidad casi siempre se construye sobre la desdicha ajena” y esto lo atormentaba.

Siempre vivió el lado más arriesgado de la vida. Y así, viajó a París, donde luchó por lo que le apasionaba, que era escribir novelas. Hemingway le aconsejó a menudo que no se vendiera a Hollywood, que no se prostituyera de esa manera. Mientras pudo mantener a su familia, evitó verse enredado en el mundo del celuloide por los caprichos de directores y productores. Cuando el dinero escaseaba aceptaba los proyectos que le ofrecían. Gracias a eso, los amantes del séptimo arte disfrutamos de joyas como Sabotaje de Alfred Hitchcock, La reina de África de John Huston o Cazador blanco, corazón negro de Clint Eastwood. De París a Suiza, de Inglaterra al Congo Belga, de California a Biarritz (Francia), donde el nombre de Peter Viertel es venerado por haber introducido el surf en las costas del Cantábrico.

Tras la Guerra Civil Española viajó con Hemingway a Pamplona, para disfrutar de los San Fermines. Su afición al toreo le llevó a relacionarse con Luis Miguel Dominguín, con el que viajó a Francia y conoció a varios de los surrealistas exiliados allí. Con el paso de los años decidió no volver ni a Inglaterra, ni a California, ni a Klosters (Suiza). Demasiados recuerdos, demasiados amigos desaparecidos. Eligió Marbella como última parada para aventajar la vida que les quedaba a él y a Deborah: “Con su ambiente de crecimiento acelerado, Marbella me resulta a veces un sitio extraño para haber anclado”.

Unos meses antes de morir, presentó en Marbella la edición en español de Una bicicleta en la playa. Un hombre atractivo, de tez bronceada, pelo cano y una sonrisa iluminadora habló sobre la importancia del primer amor, la pérdida de la inocencia, el paso del tiempo. Sus ojos brillaban al relatar anécdotas sobre los grandes directores con los que se codeó, siempre desde la humildad que otorga el trabajo duro. Esquivó preguntas indiscretas con la elegancia de un dandi.

Nunca se le ha considerado un personaje clave en el Hollywood de los años 50. Se le ha conocido más por los mitos con los que trabajó. Maestros como Hemingway, John Huston, Robert Capa, Orson Welles, Alfred Hitchcock… Pero como bien dijo Berlanga en la presentación de Amigos peligrosos en Madrid, “El maestro era él”. Cuánta razón.

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Bibliografía


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Filmografía


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